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La democracia el sentido de servicio y los Pueblos

Emilio Muñoz Berruecos
La Jornada de Oriente Tlaxcala
6 de enero de 2016

 

Si por democracia se entiende el poder del pueblo, entonces lo que hemos vivido en los últimos años no es una democracia. La democracia como la conocemos en la época presente se sigue conduciendo a partir de interés económicos de empresas transnacionales o nacionales que imponen una lógica de la ganancia en la vida pública, bajo este modelo todo debe transitar hacia el mercado donde las empresas, a través de los servicios que ofrecen, puedan cubrir las necesidades de las personas y de la sociedad. Ello, sin embargo, no ha generado beneficios reales en la población ni la garantía plena de sus derechos humanos y de pueblos.

A partir de la transición hacia un modelo neoliberal, lo único que se ha generado en el país es la reducción de los derechos sociales y el despojo de los territorios de los pueblos. En esta lógica, las instituciones de gobierno son meros operadores políticos frente a la sociedad, no sus garantes de derechos. Ello ha pasado así, porque en la práctica nunca se ha generado un proceso que convierta a las personas del país en verdaderos ciudadanos y ciudadanas, es decir, personas que conocen sus derechos políticos, civiles, sociales, de pueblos y que son capaces de exigirlos ante sus autoridades que les representan. En México y Tlaxcala seguimos viendo una ciudadanía que “pide favores” a quienes debería exigirles, soborna a quienes debería fiscalizar, se cuida de quienes deberían protegerle.

El modelo económico imperante se basa en el individualismo y en las alianzas para competir y lograr el dominio de los mercados y las ganancias, esa lógica favorece la desestructuración de una verdadera ciudadanía, pues en ella basta que el individuo tenga lo necesario aunque otros no lo tengan.

Pensar en una verdadera democracia implica mirar la historia de nuestros pueblos y comunidades, para encontrar en ellos las prácticas que verdaderamente expresaban la voluntad y el poder del pueblo. Ser pueblo implica tener la conciencia de pertenecer a un conjunto de habitantes que en un espacio determinado tienen historia, así como prácticas e identidad definidas y propias. En esta lógica, tener la representatividad del pueblo no debe tratarse de un ejercicio de poder sino todo lo contrario, de servicio, pues al ser nombrado representante se está dando la responsabilidad de servir a su pueblo en la gobernanza; así, una autoridad surgida de su pueblo está para servirle y ser evaluada por él, esta lógica aunque parece rara comúnmente se vive en las comunidades de los pueblos tlaxcaltecas en sus cargos religiosos, de festividades populares o en la realización de algunas obras propias de la comunidad. Sin embargo, esta práctica no ha logrado desarrollarse en niveles más amplios como en los ayuntamientos o gobiernos estatales.

Si hacemos memoria y recordamos las prácticas de nuestras comunidades, podremos ver que en las comisiones para la organización de alguna actividad comunitaria no se necesita tener el respaldo de algún partido; el voto es abierto y permite la transparencia del proceso; no hay enemistades al interior de la comunidades, pues se está persiguiendo un mismo objetivo, claro y definido. El problema actual de las y los candidatos es que responden a un interés superior que los controla, es decir, un modelo económico imperante y, por otra parte, no responden a una comunidad, un pueblo o un estado, sino simplemente a intereses de un grupo de poder, ello les hace patinar en un círculo vicioso que les aleja de los verdaderos intereses y de los derechos humanos de las personas y de los pueblos.

Ser un representante popular implica responder si en las acciones se está procurando el mayor ejercicio del conjunto de los derechos humanos de las personas y de los pueblos; si se está favoreciendo el mayor acceso a la justicia; implica oír las voces de todos los sectores y decidir colectivamente qué es lo que más beneficia al pueblo mismo; implica responder si las acciones están dando las mejores condiciones de seguridad y si esta misma está en las manos de los propios pobladores; si hay mecanismos claros de rendición de cuentas, sin las triquiñuelas propias del burocratismo y el legalismo; implica evaluar si no se está discriminando a ciertos sectores o si estos no son víctimas de algún tipo especial de violencia o explotación; implica saber que se está salvaguardando al territorio con todos y cada uno de sus recursos y en este sentido garantizando derechos transgeneracionales para quienes en el futuro serán los habitantes de estos pueblos. Es muy probable que para los lectores y lectoras esto resulte una utopía, sin embargo, muchos de estos componentes estaban presentes en los pueblos originarios de estas tierras tlaxcaltecas y siguen presentes en las prácticas de muchas comunidades, quizá tan solo es cuestión de volver a recordar la fuerza que tenemos como pueblo y reconquistar esas lógicas.

No considero que en el corto plazo se modifiquen las condiciones económicas y sociales, desafortunadamente parecen agudizarse, es justo esa realidad y la esperanza de otra posibilidad de vida la que nos llama a fortalecer el compromiso en la lucha por los derechos humanos y de los pueblos. 2016 ya ha iniciado, es un año electoral en el que seguramente el canto de las sirenas se dejará escuchar a todo volumen, sin embargo, a muchas personas esos cantos ya poco efecto tienen, pues son solo discursos convenientes y huecos, sin respaldo, sin historia. 2016 ya ha iniciado y la lucha por los derechos incumplidos por el Estado continúa y continuará.


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